sábado, 17 de septiembre de 2011
domingo, 3 de julio de 2011
1º susurro
Una de mis miradas volvió a recorer la sala y efectivamente,si, me estaba volviendo a mirar.
Jamás me he podido girar a tiempo para que no me viera esbozando una pequeña sonrisa pícara y como en mi garganta se formaba una risa istérica que siempre lograba retener,pero que enrojecía mis pálidas mejillas.
-¿Alguien me puede atender,por favor?- dijo con una cálida y tranquila voz.
Me acerqué a él, abrí mi cuaderno y garabateé :" una ensaladilla, una lata de coca-cola y un pequeño bollo de pan".
Inmediatamente me dirigí a la cocina y le dí el recado al cocinero, que rápidamente tuvo lista la comida. Con un simple movimiento lo cogí todo y me dirigí otra vez hacia él, pero ahora era diferente, millones de recuerdos me inundaban la cabeza, aunque yo luchaba por volverlos a meter en ese baúl tan especial de los recuerdos, pero al final me dejé vencer, y todas esa emociones afectaron mi tono de voz.
- Aquí tiene-dije con una menuda y temblorosa voz.
No, no debí de cometer ese error tan obvio, lo sabía, me ha vuelto a pasar, como nuestro anterior aniversario.
Como siempre, el local se vació sobre las once y media de la noche. Entonces me acerqué a todas las mesas para llevarme los platos y vasos sobrantes, dejando su mesa como la última.
Cuando pasé por su mesa le rozé la mano, me sujetó tan fuerte que casi me dejó sin respiración, y me condujo a la típica puerta que puede haber en cualquier tienda o bar donde solo hay un cartel colgado en el que se puede leer: " Solo para personal autorizado" .Si, me refiero a esa puerta donde tú sabes que no debes entrar y donde siempre aspiras encontrar más que un montón de cajas almacenadas, que es en lo que la mayoría de los sitios puedes encontrar.Pero aquella sala era distinta a todas las demás, había algo que la hacía diferente y que solo nosotros lo notábamos, los recuerdos.Montones de recuerdos almacenados allí y que deseaban que alguien les hiciera algún caso, pero éramos solo nosotros dos los que podíamos saber que existían.
Y ya imaginais que esa noche le pude volver a contar de nuevo, sus veintitrés lunares escondidos y repartidos por su cuerpo, aunque yo ya iba con ventaja,sabía la posición exacta de cada uno de ellos.
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